Muerte de Camilo Catrillanca: Para desnaturalizar la violencia desde la sociedad civil. Escribe Sergio Caniuqueo

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El Estado y la sociedad colonial, no tiene problemas para estigmatizar al mapuche y justificar su violencia física y psicológica, incluso simbólica, es por ello, que pueden ser designados terroristas o delincuentes , de esta manera, la criminalización de las personas generan situaciones y prácticas como juicios sin garantías o muertes donde los responsables quedan impunes. En la fotografía aparece Camilo Catrillanca en una manifestación realizada en Temuco.


Por: Sergio Caniuqueo Noviembre 15 de 2018


El domingo al medio día revise mis redes sociales y se veía las fotografías y el video de Luis Gómez Guitterman apuntado a personas mapuche, en la cual la leyenda señalaban que se encontraban en un Guillatun (ceremonia religiosa mapuche) y que esta persona había disparado al aire, sin importar la presencia de ancianos y niños, rápidamente las imágenes se volvieron virales en distintas redes sociales, y atrajo el interés de la prensa, quien reprodujo la versión de Gómez, con más claridad y relativizando la versión de los comuneros del Lof Chaullupen. Sin duda, hay una continuidad en el tratamiento de las noticias que involucran violencia entre mapuche y chilenos, con matices en muchos casos, pero siempre la versión mapuche nos queda inconexa, siendo menos explicativa que la versión chilena, que en este caso permite a este señor justificar su accionar acusando de un robo de árboles. Sin duda el despejar las versiones es asunto de la justicia, pero lo que no nos puede calzar es un hombre utilizando un arma y tomándose la justicia por sus manos en una orilla de playa, interrumpiendo un acto religioso, se pueda presentar como una acción justificada o legitima, sobre todo cuando no vemos armas por parte de los comuneros que lo increpan por su accionar desmedido. Hay un ejercicio comunicacional que surte efecto y es de verlo como una víctima.

Hoy mientras estaba en un curso de mapuzungun, un compañero me dice que revise mis redes sociales, que ha muerto un comunero, Camilo Catrillanca, como suele ocurrir las versiones son totalmente opuestas, entre la comunidad y la policía. Ambos casos me hacen recordar un texto de Walter Benjamin, Para una Crítica de la Violencia (1920-21) porque al igual que muchos mapuche y chilenos, tratamos de encontrar una explicación a estos niveles de violencias que se han naturalizado, que llevan a sujetos armados a justificar la acción de atentar sobre la vida de otro, sin el mayor remordimiento. En su texto Benjamin nos habla de diversas violencias que van desde la violencia moral a la violencia estructural que sobrepasa al Estado y se instala en los sujetos, quienes están dispuestos a sacrificar sus cuerpos y destruir los cuerpos de otros para cumplir con esta violencia. Sin duda, Bejamin se adelanta a explicar la segunda guerra mundial y el surgimiento de los totalitarismos, de la toma del poder por parte grupos con ideología que manipulan esta violencia ya instalada en la sociedad. Esto que parece un detalle es la clave para entender la violencia desmedida en Europa, la violencia no vino con los nazistas ni con los fascistas, sino que ya estaba instalada, los odios raciales, los nacionalismos, la negación del otro como sujetos por pensar distinto estaban en el mundo popular, en el granjero y en el obrero industrial, estaba en las clases medias y en las clases altas. Pero estos grupos jamás pudieron predecir que el odio y la violencia iban a sobrepasar a las clases burguesas y al Estado, que el odio generaría sus propios líderes para cumplir con su cometido.

Posterior a la guerra se pensó erradicar este odio, para ello se generó una gran propuesta que condenará el odio, que políticamente fuera incorrecto pensar en ello, se crearon artilugios que activaran un tipo de memoria, condenando ciertas ideologías. Aparentemente fueron efectivas, los memoriales, los contenidos de historia, las condenas a discursos ideológicos que incitaran a la violencia pareció y un sinfín de medidas más, como películas, museos visitas a lugares donde se aplicó la violencia extrema, parecía erradicar a la violencia del espacio público. Sin embargo ello no fue suficiente, la violencia se quedó merodeando en los lugares íntimos, porque vencedores y vencidos rememoraban entre sus parientes y amigos aquella violencia, en cada encuentro familiar, en cada copa de un bar, ex soldados, después sus hijos y hoy sus nietos rememoraban esas historias y esos sentimientos, por lo tanto, portaban la violencia en cada respiro. Hoy no es de extrañar que Europa destape lo que tanto sentía en sus intimidades, sus odios han renacido y no sabemos cómo terminara este nuevo ciclo, de esta manera se comprueba una vez más la visión de Bejamin, esa violencia suprema que sobre pasa al Estado y que lleva al individuo a prestarse para ejecutarla, aun a costa de la destrucción de su propio cuerpo y la de otros.

Chile, como mala copia feliz del Eden, no ha aprendido nada de afuera, ni tampoco ha aprendido nada de lo que ha ocurrido en su interior. Chilenos y Mapuche construimos una simbiosis de la violencia, acentuándose en algunos grupos y disimulándose en otros, en un Chile que se extendió territorialmente en base a las guerras, construyendo guerras internas en los procesos de colonización, donde el abuso, la violencia y la muerte se conjugaban diariamente. Al igual que en Europa la violencia existía, solo había que direccionarla hacia grupos específicos, promoviéndola y estimulándola en el sentido común de algunos, para que no sintieran remordimiento de sus actos y pudieran ejecutar la violencia sin problemas. Esa violencia viaja con cada persona, se encuentra en su fuero interno, se socializa entre amigos y familiares, ya sea en un discurso explicativo de porque el indio es pobre, alcohólico y/o flojo, estas explicaciones pueden estar envasado en discurso virulento o en una aparente visión comprensiva, e incluso puede estar en una broma o chiste, y de esa manera se reinstala el racismo, clasismo, la misoginia. Las escuelas poco o nada pueden remediar esta situación, pues estos sentimientos se construyen y se socializan principalmente en los hogares, con lo cual esta violencia se vuelve autónoma al Estado. Hay sujetos que buscan erradicarlas, pero son los menos, de hechos muchos de ellos más que erradicarlas caen en otro tipo de situación más compleja pues vuelcan su violencia contra la violencia inducida por la familia y la sociedad, con lo cual tampoco se avanza en la paz social.

El colonialismo obliga a construir a un colono que representa el extremo positivo, por lo cual hace sentir como sujeto ideal de sociedad, que para el caso de una región conservadora, como es actualmente del Biobío al sur, es un cristiano, conservador, misógino, debe sentir que es un ser superior, sobre todo en su moralidad, lo que calza muy bien con la derecha. Por otro lado, el triunfo del colonialismo es que el colonizado se sienta que ocupa el otro extremo de la escala de valores, atrasado, bárbaro, ignorante, por tanto, sería un sujeto inferior, que para redimirse debe parecerse al colono. Pese a ello sigue siendo un no deseado. Es por ello que el Estado y la sociedad colonial, no tiene problemas para estigmatizar al mapuche y justificar su violencia física y psicológica, incluso simbólica, es por ello, que pueden ser designados terroristas o delincuentes , de esta manera, la criminalización de las personas generan situaciones y prácticas como juicios sin garantías o muertes donde los responsables quedan impunes. Así el Estado hace que este tipo de conductas se vuelvan parte de un paisaje cotidiano, con lo cual la violencia se naturaliza más en las personas y se ve como un elemento necesario de orden.

Esta situación puede cambiar, pero necesitamos nuevos objetivos políticos y nuevos líderes, cuyo objetivo nos lleven a desestructurar la violencia y el colonialismo. Porque lo más grave es que esta violencia se ha internalizado en nuestras organizaciones y familias, es necesario atender a la fragmentación existentes construyendo espacios de convergencia y reflexión, saliendo de guetos o las sectas, que asumen superioridades morales. La violencia que sobrepasa al Estado y que se instala en el mundo privado debe ser transformada por la sociedad civil a partir de sus prácticas privadas, y desde ahí transformarlas en prácticas y reflexiones públicas. De esta manera estamos obligados a ver el interior de nuestra familia y pensar desde ahí como erradicar la violencia. Yo no puedo erradicar la violencia mientras menosprecie a mi hermano, pariente o vecino, mientras utilice conceptos como canuto, facho pobre, gorila o simio, u otro epíteto que lo denigre, sobre todo si me jacto y hago gala de mi superioridad moral para justificar mi violencia.

La globalización ha fragmentado a la izquierda y a los indígenas, porque mientras más subjetividades, e identidades se ha creado, más fragmentaciones y violencia entre los grupos se ha desarrollado. A diferencias de las derechas, el conservadurismo, y el nacionalismo se ha unificado y ha construido mayores convergencias. Mientras los grupos que aseveran su preclaridad huyen de tomarse el poder y juegan a la nomadía, evitando las categorías, las derechas se preocupan de acceder el poder y capitalizar las violencias, darle cause, construyendo enemigos como los migrantes, los indígenas y los pobres.

La muerte de Camilo se suman a la de otros mapuche y otros pobres, así como carabineros y civiles como Luis Gómez siguen sintiéndose seguros y avalados para ejercer esta violencia superior, en la cual no hay espacio para el cuestionamiento. Hoy más que nunca debemos tender a la unidad y expresar nuestro malestar a la violencia que ejercen la policía y ciertos civiles. Hoy más que nunca debemos recuperarnos de las fragmentaciones ya sea a nivel de comunidad, grupo o familia. Porque la justicia no la construye un Estado sino nosotros, y si la hemos delegado al Estado, como muchas otras cosas más, entonces es nuestro deber y nuestra obligación recuperarla, debemos construir el equilibrio entre lo legitimo y lo legal, cuestión que hoy el Estado ha desechado. Hoy más que nunca debemos apropiarnos de la justicia y con ello responsabilizarnos, debemos al interior de nuestros grupos y familias revisarnos críticamente para cumplir, y con ello desechar esta violencia estructural que hoy nos sobrepasa. Con ello aseguraremos el derecho a la vida y a su cuidado como los bienes más preciados. Hoy hay dolor, rabia y pena, y es entendible, pero no nos podemos quedar en el dolor, debemos construir un nuevo ciclo que asegure un mundo mejor para quienes amamos, y para ello debemos exigir justicia y condiciones para que esto no se vuelva a repetir.