Reseña de Rayülechi malon/Guerra florida, de Daniela Catrileo, libro ganador de importante certamen literario

27/12/2019

Por Mapuexpress

Daniela Catrileo, escritora mapuche, ha obtenido hoy el premio de literatura en la categoría poesía de los Premios municipales de Santiago con su libro Rayülechi malon/Guerra florida. Es la cuarta poeta mapuche en recibir este reconocimiento, luego de Leonel Lienlaf , Elicura Chihuailaf y Roxana Miranda Rupailaf.

Desde el Puel mapu, la poeta Viviana Ayilef nos comparte sus palabras, su mirada y su interpretación de Rayülechi malon/Guerra florida.  Viviana, quien reside en la ciudad de Trelew, ha publicado, entre otros,  los libros de poesía Agua de Otoño/Kelleñü, “Cautivos”  y Posteriormente, “Meulen (lo que puede un cuerpo)”.  En 2010 se incluyeron sus trabajos en “Kümedungun/ Kümewirin. Antología poética de mujeres mapuche (siglos XX-XXI)”, (Selección: Mabel Mora Curriao y Fernanda Moraga), y en 2017 fue antologada en “Reuëmn. Poesía de mujeres mapuche, selkman y yamanas”, edición a cargo de Cristian Aliaga.

 
Graciela Huinao, Liliana Ancalao, Daniela Catrileo y Viviana Ayilef. Lectura en Cedelij, Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil. Córdoba, Puel mapu. marzo 2019.
   

Esta danza es por nosotras.

Rayülechi malon/ Guerra florida, de Daniela Catrileo (Chile: Del Aire Editores, 2018)

Por Viviana Ayilef

 

La guerra florida es contra una misma. Una se florece, una se lastima. Florece porque se lastima. O, tal vez, puede lastimarse porque ha florecido.

La guerra florida es también, pero históricamente, aquella batalla que tiene que ver con la ofrenda. El corazón palpitante es la flor en la guerra, late desde su dolor, hace de su herida la posible calma. Sana. Pero la guerra es la guerra. Es la Guerra. Esta palabra ha quedado marcada estos últimos meses.

Este libro está dedicado “a cada ñaña con el corazón de weichafe”. Sigue firmemente su dedicatoria y gana con ello en lealtad, en memoria. Una poeta argentina escribe en la misma zona de su último libro: “Al brazo a mado del feminismo”. Daniela Catrileo -Daniela Katrü Lewfü-, hace de la experiencia de género una perspectiva en esta nueva historia. Como una crónica intervenida o como un relato raspado -como la necesaria Nueva Corónica de Waman Poma-, Daniela no apuesta en sus textos a una descolonización en términos simples sino que construye un triple algoritmo para sacarle su flor a la época: despatriarcaliza el poema. Y la Guerra Florida de Catrileo se presenta, además, en la lectura espejada hacia el mapudungun, en una coherencia directa con la praxis amorosa-mente política de esta poeta que tiene tatuado en la piel (porque adentro) un linaje de leufü/de katrü. Daniela Catrileo, quien participa del colectivo Rangiñtuleufu, arriesga una relación poética en la que narra el desgarro de la(s) cacería(s).

Por eso, y desde esa misma coherencia (que no es otra cosa que la forma poética porque política de habitar el mundo), no se permite correr al pasado la imagen completa de esa(s) cacería(s). Esas cacerías, de las que también nuestras repúblicas, tan “democráticas”, hacen gala y cada vez con más saña en los tiempos que corren.

Sangre de mujer para qué

Rubén Darío, poeta de la Hispano-América, supo cantar a los cisnes de cuello encorvado. Ya demasiado se ha escrito sobre la estética que lo respaldaba. Solo diremos, en su defensa, que su simbolismo ocurría hace más de cien años. ¿Con qué mirada le canta al presente un poeta? Daniela Catrileo, poeta mapuche, escribe: “Oye/ florecida China del Gran Khan/ no somos isla de Cipango/ Estoy hastiada de cíclopes y sirenas/ que palpan el temblor de la hierba”.

¿Y a qué le canta, sobre qué nos cuenta, Daniela, fruto de ese hastío? Observamos en la imagen de tapa mujeres en lanza, el batallar cuerpo a cuerpo contra los soldados, machos, cada cual con su escudo, su casco, sus armas. Pero hay una mujer, en la solapa del libro, que tiene puestas sus medias de red, sus zapatos de taco. Tiene, además como pechos, las astas de ciervo y un pico de ave en lugar de la boca. Niñaspuma/ niñasciervo. Mujeres aladas. Esa mujer en solapa: un lugar concreto y central en el cuerpo del libro que dice, acompaña en imagen la idea de que la Guerra Florida no es cosa pasada.

La misma experiencia estragante de disolución de un mundo sucedía antes (“escuchamos noticias de la radio/ y desde las alturas vemos/ cómo ya han levantado un muro/ que fragmenta en trincheras/ nuestra antigua morada”), y aún está sucediendo (“un barrio que cuelga/ como trozo de carne/ en el matadero”.)

Las partes de este libro se llaman “Revuelta de cuerpos celestes/Chingkoluweyechi wangülen”; “Mantra de ofensiva/Dungudungutun weychayael”; “Apocalipsis song/Pewfaluwün song”; “Pos Guerra/Rupan Malon Mew”. Sus títulos persiguen el devenir de una historia seriamente leída y hecha a contrapelo. Por eso la poesía aparece como inevitable. No se decide. No se elige. Una no se entrena, recibe un don y se entrega, acata para respetar la armonía de todo: “No se puede huir/ de la suerte/ Decidí enterrar mis armas/ y se volvieron bestias/ ante mí”. La poesía no se desobedece porque la poesía es  desobediencia.

En este libro hay volcanes, ramas, fuego, aguademar, montes, culebras, canelo, zorzales, montañas, arboledas, hiedra. Hay, a su vez, gases lacrimógenos y cafés nocturnos, territorio neón, rímeles que se derraman como si petróleo. “¿Cuántas hemos caído/ ya?”, se pregunta este texto. ¿De quiénes fuimos las alas?, parece preguntarse esta ñaña.

“No hay tanques en este lugar del mundo/ porque ya hubo suficiente con callar”. La poesía como un modo propicio de hacer estallar un silencio de siglos a partir de un lenguaje en el que corazón y palabra laten porque sangran de manera pareja, y resisten.

Porque la guerra es la guerra, pero a veces el dolor confabula y los pueblos florecen.