Mestizaje, Clasismo cultural y dominación en América Latina

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Por Catalina Soto Rodríguez* – Fuente: elciudadano.cl

La diversidad cultural caracterizó al continente americano en su prehistoria, lo que fue constatado por los españoles recién llegados en el siglo XVI. Ello ha sido retratado por los arqueólogos a través de la definición de grupos tales como los cazadores-recolectores con una cultura material muy ligera en sectores de Colombia y la Patagonia argentino-chilena, en tribus dispersas como los grupos de habla mapudungu habitantes del antiguo Reino de Chile, en señoríos como los de los grupos Aymara del actual altiplano peruano-boliviano, los atacameños de San Pedro de Atacama y diaguitas del norte semiárido de Chile, y en los grandes imperios Inka y Chimú en el Perú. La ocupación colonial intentó conscientemente obliterar esta diversidad a través de los procesos de extirpación de idolatrías (un símil de la inquisición pero aplicado a los pueblos originarios), la evangelización doctrinera y la enseñanza de la lengua española, en muchas épocas acompañada de la prohibición del habla de las lenguas nativas. Mientras algo muy diferente parece haber ocurrido con la dominación Inka, entre el sur de la actual Colombia y el centro de Chile y Argentina. Los Inka desarrollaron como tácticas estatales de control del territorio la imposición del culto al sol, una lengua oficial (el quechua) y la tributación al Estado, pero aceptando la organización, culto y costumbres de las etnias conquistadas, elevando algunas de sus huacas (dioses, adoratorios) al panteón Inka en los templos del Cuzco.

La diferencia principal entre el dominio Inka y el español fue la consideración de inferioridad de los conquistados. Si bien muy temprano en la Colonia se aceptó que los indígenas americanos eran portadores de alma, siendo considerados potenciales cristianos, la sociedad de castas, en donde indígenas y españoles no debían mezclar sus costumbres se mantiene tácitamente en algunas zonas de América hasta hoy en día. Evidentemente, el mestizaje fue siempre algo inminente, más aún cuando las huestes hispanas en sus primeras épocas llegaron sin mujeres. En el Cuzco colonial, incluso bien entrado el siglo XVIII se dio todo un fenómeno de matrimonios entre los soldados y nobles españoles y las ñustas (princesas inka), de los que son fruto personajes como el cronista Inca Garcilaso de la Vega.  Mientras en otros territorios, como en la Capitanía General de Chile, el mestizaje fue obligado. A todo este fenómeno tenemos que sumar la llegada de esclavos africanos, los que se constituyeron en los sujetos más desafortunados, desprotegidos y discriminados de la Colonia y los Estados actuales.

El fenómeno colonial puede ser definido a grandes rasgos a través del problema racial, conformándose sociedades de castas de las que aún hoy son herederos países como México, Colombia y Perú. Luego de los procesos independentistas, las castas y sus derechos adquiridos durante la dominación de la monarquía española fueron abolidos. En las repúblicas liberales los indígenas fueron considerados ‘iguales’ con las mismas obligaciones de tributo y de relación con el Estado que los criollos que dominaban la legalidad. Por otra parte, durante el siglo XIX la esclavitud comenzó progresivamente a ser abolida en los diferentes Estados americanos. Mientras los mestizos fueron sujetos marginales ligados frecuentemente al servicio y las labores agrícolas y mineros. Esta sociedad de castas colonial, diversa y multicultural, luego de la implementación de las Naciones y posteriormente los pujantes procesos industriales del siglo XIX (minería, agroindustria, construcción de ferrocarriles, etc.) se convirtió progresivamente en una sociedad de clases.

Tal como en la Colonia, donde a cada oveja le correspondía una pareja, hoy el menosprecio por lo indígena y lo africano no se reduce a lo superficial, al color o al aspecto, que es la forma más burda y maleducada de discriminación. El dominio efectivo sobre estos grupos y sus formas mestizadas, constitutivos del sustrato más amplio de la población americana actual, fue un dominio cultural. El principal triunfo de los grupos conquistadores fue la conversión religiosa y la mezcla cultural, en el que los valores, los modos y las formas de ser fueron trastocados en función de intereses económicos. Las etnias indígenas y negras, ya mestizadas biológica y culturalmente, fueron progresivamente transformadas en grupos de inquilinos de la tierra y obreros de la industria, continuando en la base de la pirámide social. Desde la llegada de los europeos hasta bien entrado el siglo XX como en el caso mapuche, fueron arrebatados de sus tierras originales y de sus formas tradicionales de subsistencia, vinculadas con una cosmovisión y creencias particulares que estaban en armonía con la naturaleza, para ser convertidos en los autores materiales del actual estado de cosas, así como también portadores de los valores de la elite tradicional. Sus lenguas fueron abolidas generando un palimpsesto en su historia oral (historia familiares, mitos, leyendas, cultura), lo que constituye una herida que muchos de estos pueblos aún lloran (caso de los Linkan Antai o Atacameños). Y lo que es peor, sus descendientes mestizos ignorantes del pasado y manipulados por el poder, les desconocen y desprecian.

En Latinoamérica, salvo casos particulares como Perú y Bolivia, se ha hecho difícil reconocer un legado indígena, quedando reducido aquello a un cuento antiguo o a la caricatura de grupos anacrónicos de ‘buenos salvajes’ que denominamos humanistamente ‘minorías étnicas’. Uno de los mayores desafíos que tenemos los investigadores de lo indígena junto con los pueblos originarios del continente es justamente visibilizar este legado, el que ha sido discriminado y reprobado por muchos mestizos e indígenas que han cambiado su apellido y olvidado su pasado para ‘blanquear’ el futuro de sus linajes. El poder y las elites blancas (españoles y ahora migrantes europeos recientes) desde la época de la Conquista nos han impuesto en función de sus propios gustos e intereses su cultura: una forma de ver el mundo y una forma de ser (durante la Colonia el empleado de servicio negro tenía que tener ciertos modos). Por arribismo, vergüenza o supervivencia, muchos mestizos hemos seguido el ritmo del baile, discriminando los rasgos indígenas sobrevivientes, y aceptando estereotipos como la ‘pinta’ de maleante a los morenos con rasgos indígenas de barrio y población, o peor aun aceptando que en televisión abierta se diga con desfachatez que alguien tiene ‘cara de nana’ por su orgulloso rostro indígena. Estos estereotipos implantados por los grupos de elite dan cuenta del lugar que ha ocupado grandes grupos de la población: como subordinados, empleados o como antisociales. Pero alguien como un Larraín se pregunta ¿por qué esto es así? Y si lo sabe ¿acaso le importa?.

Los sujetos populares, fruto del mestizaje y el legado multicultural, sufrimos la discriminación y represión social, somos denominados despectivamente como ‘pastillita de menta’, ‘indios porfiados’, ‘negros flojos’, ‘cochayuyos’, ‘curiches’ y otros apelativos, incluso por nuestros propios parientes ‘blancos’ como si el color definiera una calidad moral. Siendo burlados en las universidades donde llegan los hijos de la elite por nuestra forma de hablar, por nuestro humor, por como vestimos, por nuestra forma de reír, para qué decir de lo que pensamos o de lo que comemos. Aún recuerdo cuando en una conversación en ‘los pastos’ de la U una de mis compañeras de facultad decía que le daba ‘asco la leche entera’ (nótese, leche líquida) cuando en mi vida había probado otra cosa que la leche en polvo, o la risa burlona del curso entero cuando uno de mis compañeros ‘del pueblo’ opinaba en clase. Yo me pregunto ¿Cómo les da asco? ¿Qué es lo que les da risa? no es acaso inevitable sentir nausea frente al soterrado clasismo cultural que sufre el sujeto popular cotidianamente en contextos de contacto con las elites, con gente que además no es capaz de reconocerse como aquello. Ellos desprecian lo popular, porque lo popular está constituido por lo opuesto al gusto cuico, gomelo o cheto, como los porotos, guatitas y menudencias, los caldos de papa, de pata y hueso, las fritangas. Ellos no entienden la retórica y el fraseo popular con fuertes herencias del mapudungu en el Chile del sur (el uso de la sh y de la shr), del aymara, quechua y atacameño en el Chile del Norte y cuantos otros en el Chile Austral. Sólo nos aceptan tal cual cuando les servimos, cuando la comida peruana es la mejor del mundo, cuando el deporte colombiano está en la cima, cuando la picardía del chileno es una caricatura como la de Condorito.

 

Pero lo peor no es lo que las elites nos quieren imponer. La mayor ganancia de ellos es cuando nosotros los desclasados creemos que el delincuente es nuestro vecino por que tiene el pelo duro, le gusta el vino y fumar otras cosas, o al amigo que tuvimos en la población antes de salir de ella por no haber estudiado ‘algo’, o cuando nos irrita la alegria bulliciosa del ‘negro’ costeño; o al peruano ‘violador’ de mujeres y ‘sucio’, al boliviano ‘ignorante’ y ‘hediondo’, al colombiano ‘cafiche’ y ‘narcotraficante’, a la inmigrante prostituta; al considerar más nobles, bellos y exitosos la piel blanca, los ojos azules y el pelo rubio cual maldición de Malinche, al discriminar a un semejante por su forma de hablar con acento caribe o estructura no castellana, o por su costumbre cotidiana de comer fritangas. Esa es la batalla cultural que ganan, cuando alguien logra tener algo de dinero y elige la distinción, aprobando el abuso lucro, eligiendo vivir en una súper ciudad al estilo ‘Weed’ o ‘Las casitas del barrio alto’, al elegir un colegio de nombre inglés en el que mis hijos no se mezclen con “gentes de color extraño” (como dijo Ruben Blades y se lee en muchos foros latinos) o elegir el 4×4 que nos da estatus pero que en una cuadra quema más petróleo que un bus de la Locomoción colectiva al día. Creemos en la cosmética, en lo superficial, en el éxito como producto de las tetas operadas, de estar en la TV, en el auto de lujo, en la casa en Miami, en la casa en Cachagua, en el hotel en Punta del Este, en el viaje a Buzios.

Abandonamos la comunidad por el derecho a elegir de forma individual, abandonamos a los nuestros, incluso a nuestros parientes, por perseguir una cultura que nunca nos será propia, que nunca nos llenará y de la que nunca seremos ni nos harán parte. Defendamos nuestra cultura, porque lo popular latinoamericano no puede ser desvinculado de ese sustrato indígena y afro, porque lo popular debe ser la reivindicación de la masa, porque lo popular no es sinónimo de ignorancia, porque lo popular es sinónimo de mayoría, de lo propio, de lo común, de la solidaridad, de una comunidad discriminada por más de cinco siglos. Defendámonos de la imposición de modos, comida y enseñanzas que sólo están ahí para que consumamos y generemos dinero a los patrones de sus colegios, congregaciones y negocios varios. Porque la cultura impuesta es utilitarista e incluso antiecológica. Nos usa y nos bota como cuando nuestros futbolistas populares, negros e indios juegan campeonatos internacionales, que están hechos para reivindicar la ‘nación’ impuesta y violadora destruyendo la verdadera hermandad entre la masa latina de mestizos, indios y negros parientes que somos gobernados por una elite venida de otro continente.

 

*Arqueóloga, Magíster © en Artes, mención Teoría e Historia del Arte (U. de Chile), investigadora y docente en temas de Culturas Originarias de Chile y América.