viernes, agosto 7, 2020

Reflexiones en torno al quehacer académico y su relación con el mundo indígena: Asociación Aymara-Quechua Jach’a Marka.

 

Desde hace un par de año se ha reescrito la historia de Santiago y eso es principalmente gracias al trabajo que han realizado arqueólogos e historiadores, individuos que operan desde el ámbito académico aportando a vislumbrar verdades que la historia oficial había eclipsado.

Estos trabajos e investigaciones nos han permitido acercarnos desde una lógica mucho más académica, más científica, o más empírica a lo que en realidad, nosotros, los pueblos originarios siempre hemos sabido: que lo nacional chileno se levanta sobre una serie de mitos y relatos que desconocen la presencia indígena y su relevancia dentro de la conformación de la base social de lo que hoy es la identidad chilena. Siendo justos, estas investigaciones han hecho importantes aportes para entender cómo en base a la complejidad de la cosmovisión y los saberes de nuestros antecesores, los ingas, se diseñaron y construyeron sofisticados y complejos sistemas de posicionamiento astronómico, arquitectónicos, fluviales, etc., en el valle del Mapocho sobre los cuales se erigiría paulatinamente lo que hoy es la ciudad de Santiago sin dejar ningún aspecto al azar.

Sin duda, este es un aporte no sólo para los pueblos indígenas, sino también para todos quienes quieran conocer, por decirlo de algún modo, de forma más objetiva – entiéndase en base a pruebas- cómo se constituye Santiago y cómo va haciendo aguas el relato oficial. No obstante, nuestra gran objeción ante dichas investigaciones, o más bien nuestro malestar, alude a un conjunto de razones  que vienen arrastrándose desde hace mucho tiempo, quizás, y siendo injustamente auto crítico, por una falta de diálogo entre los pueblos originarios y el mundo académico.

Podríamos partir dando a entender cómo estos conocimientos que se enarbolan desde una lógica académica se entienden enajenados de la realidad de los pueblos originarios. Pues, como si fuéramos totalmente inconscientes e ingenuos, las investigaciones que presentan los cientistas sociales o los arqueólogos se envisten con el disfraz de lo nuevo, como si no entendiéramos que la historia oficial no ha hecho más que acallarnos y presentar la coartada del conquistador –como bien dice el Jilakata Eliseo Huanca-, la investigación presenta sus argumentos como si el indígena hubiese brotado en el siglo XX, producto de algunos grupos radicalizados que pretenden hacerle la vida más difícil a los Estados Nacionales con demandas totalmente fuera de la lógica actual.

Entérense que estamos en este territorio que se llama Chile desde antes que se llamara Chile. Y gracias, arqueólogos, por recordárnoslo, pero ya lo sabíamos.

Esta cara de lo nuevo, manifestada a través de la prueba de carbono-14 y el paper académico, ojalá indexado, traslada a un segundo plano el conocimiento histórico de los pueblos originarios. Sutilmente, entonces vemos como operan y se instalan jerárquicamente unos saberes por sobre otros, extensión del pensamiento colonialistas o neo colonialista que posterga el saber de los pueblos originarios y al sujeto histórico de este saber. La institucionalidad del saber clásicamente ha sido una instancia de colonialismo para los pueblos originarios, siendo un lugar legitimado por la cultura dominante, sus instituciones y desde donde se crea “el conocimiento” válido en el modelo en que estamos.

La supremacía que tiene el paradigma foráneo euro centrista es parte de la complejidad con la que se enfrentan constantemente los pueblos originarios. Por ejemplo, hoy se celebró con el patrocinio del Estado, específicamente del Senado, un seminario sobre “el Tinku de Santiago”, en el cual una académico tratará conceptos propios de la cosmovisión andina y desde la arqueología se habló sobre nuestros antepasados y sus asentamientos.

Los Estados nacionales y especialmente Chile siempre han tenido una relación sumamente vertical y paternalista con los pueblos originarios, así mismo la academia. Hoy magnánimamente convergerán en un acto de iluminismo para hablar de la raíz de nuestra ciudad, de nuestra base social; y el indígena mirará desde la galería cómo se arma este relato usando nuestros propios términos, desarrollados por nosotros mismos, pero coaptados ahora por el saber de occidente. En ocasiones nos invitan a hacer la ceremonia inicial que es una forma de invitarnos a mirar desde la galería un poco más condescendiente, amistosa y participativamente, pero en este seminario ni siquiera eso, pues aparentemente han considerado que tenemos poco que decir.

En esta oportunidad no es mi intención hacer un lloriqueo de cómo violan nuestros derechos consagrados en convenios internacionales, ni citar el convenio 169 de la OIT o la declaración de Derechos Indígenas de la ONU, que por cierto tampoco estaría demás que se revisaran. Lo que pretendo es apelar al sentido común, y que se comprenda que la forma en que opera el saber científico occidental y sus instituciones perpetua lógicas de dominación por medio de un relato que se sobrepone al saber ancestral y a los derechos de los pueblos indígenas. Sólo así es posible entender que se haga un seminario utilizando conceptos y palabras de los pueblos originarios, sin considerar a los pueblos originarios. ¿Por qué una antropóloga podría conocer mejor que un indígena los conceptos de nuestra cultura?

Uno de los problemas que esto causa especialmente al ser patrocinado por el Estado es que fomenta y sienta precedentes para invisibilizar a los pueblos originarios, perdiendo su voz propia y que su discurso sea captado por otros para luego ser usado en su provecho. Y así ya ni nuestros propios conceptos nos posicionan a nosotros mismos, si no que posicionan a otros perpetuando el colonialismo.

Un problema similar ocurre con los arqueólogos y las investigaciones que están realizando actualmente. Cabe preguntarse qué sentido tiene dar cuenta de la historia de los pueblos originarios, de su memoria y de los hallazgos que nos vinculan con este territorio, si los fines con que se presentan parecen enajenados de la realidad actual indígena. Si nuestra propia historia no se presta a un propósito reivindicativo, sólo se nos restriega la conquista en tiempos actuales, se aliñan con sal nuestras heridas que aún sangran, pues muchas de las deudas que se arrastran desde el genocidio de la conquista aún están presentes.

Mi invitación para los arqueólogos es que si van a remover los restos de nuestros antepasados y lo van a usar para impulsar su carrera sin respetar nuestra opinión con el propósito de ganar proyectos Fondecyt y no van a desarrollar un diálogo adecuado con los pueblos originarios, es mejor que investiguen las raíces de sus ancestros; si no tienen de donde partir remóntense a sus apellidos o a su historia y de resguardar nuestros vestigios nos encargamos nosotros cuando capacitemos a nuestro propios especialistas para que desarrollen esto con la pertinencia, el respeto y la altura de mira que sentimos se merece.

Para finalizar y a modo de conclusión, podríamos plantear la pregunta sobre el sentido de las investigaciones que abarcan lo indígena ¿Qué implica traer la memoria de nuestros pueblos al presente a través las ciencias sociales, la antropología, la investigación académica o científica? ¿Hasta qué punto estas investigaciones se han llevado de una forma adecuada y cuál sería esa forma adecuada? ¿Estas disciplinas o estos paradigmas han sido un aporte para los pueblos originarios? ¿A quién han favorecido? Preguntas que invitan a un diálogo más profundo, a desenmascarar la falsa neutralidad de los descubrimientos.

Los tiempos ya no están para que hablen por nosotros y ya es hora de cuestionar a quienes lo hacen, de cuestionar el rol de los investigadores, pues acciones como la de hoy más bien funcionan como embate de poder para jerarquizar y situar al académico desplazando como portavoz de sus propios conocimientos al indígena.

Samuel Yupanqui

Presidente Asociación Aymara-Quechua Jach’a Marka.

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