Los asesinos de Palestina ahora vienen por América Latina. Vienen por el agua para intensificar el capital de la gran agricultura en contra de los pequeños, para nutrir de armas a las Fuerzas Armadas e involucrarnos en sus guerras; para abastecer de ciberseguridad a las proliferantes empresas de seguridad e intensificar los dispositivos de control para que miles de Cerimedos sean posibles y así las repúblicas latinoamericanas sean destruidas y sustituyan al sujeto pueblo por el sujeto algoritmo.

FUENTE: La Voz de los que Sobran

Ahora bien, la palestinización del mundo y la sionización del imperialismo no constituye una novedad para la historia. En 1492 mientras las naves de Cristóbal Colón llegaban a las imaginarias “Indias” para encontrar un atajo a China, los Reyes Católicos terminaban la conquista de Al Andalus obligando al último reino musulmán de Granada a su capitulación. Todos los métodos que los católicos usaron contra los musulmanes y judíos en orden a la conquista de la península ibérica fueron utilizados, posteriormente, en la conquista de las tierras americanas. Por eso, la palestinización del mundo no es una anomalía al funcionamiento del orden imperial, sino su regla. Al igual que la experiencia andalusí, todas las tecnologías de despojamiento que Israel aplica contra los palestinos lo vende globalmente en sus empresas de armas, seguridad y aguas.

Ahora bien, detengámonos en el nombre dado a los acuerdos reservados para América Latina: Isaac. Ante todo, tenemos que leer bajo la rúbrica de la teología política sionista que traduce el relato bíblico en una narrativa de la muerte que proyecta su vocación hacia el dominio planetario. Se trata de una expropiación del vocabulario de la teología judía para ponerla al servicio perverso de un léxico neofascista que, en el nombre de la “libertad”, apuesta por el dominio totalitario. En estos términos, Isaac condensa la idea de “elección”, del “hijo” y del “territorio”.

En primer lugar, bajo mandato divino, fue originalmente llevado al cadalso para ser sacrificado por Abraham pero que, la irrupción del ángel permitió a su padre soltar el cuchillo con el que lo ejecutaría. Desde este punto de vista, Isaac es ya un “elegido” de Dios que fue salvado del sacrificio situándose así, por fuera de los sacrificados, más allá de los sometidos en el terreno de los vencedores que inviste a los firmantes de los Acuerdos en la posición de los “elegidos”.

En segundo lugar, es relevante que Abraham sea el padre de Isaac precisamente porque estos acuerdos se presentan como una réplica o, si se quiere, el “hijo” de aquellos consumados por Israel y los Emiratos Árabes Unidos que la primera administración promovió. “Hijo” que, por serlo, deberá depender del legado “paterno” en la que se escenifica la relación de absoluta “dependencia”.

En tercer lugar, Isaac, según el relato bíblico, habría sido el único de los patriarcas en permanecer en la “Tierra de Israel” al no trasladarse a Canaán. Bajo la hermenéutica de la teología política que aquí está en juego, Isaac constituye el nombre de aquél que permanece en el territorio, que indica la vocación conquistadora del imperialismo sionista (estadounidense e israelí a la vez), el salto mortal para apropiarse de los territorios de América Latina.

De esta forma, Isaac es el nombre que condensa al “elegido”, al “hijo” que se apropia y permanece en un “territorio”. Tres características de la modalidad imperialista por la que Estados Unidos e Israel se aferran al “hemisferio occidental”. Así, la sionización de la política latinoamericana nos muestra un asunto decisivo: por más que pretendan hacernos olvidar Palestina, Palestina está necesariamente aquí donde los asesinos de Palestina pretenden ahora apropiarse de América Latina.

Por supuesto, nada tiene que ver todo esto con el famoso “Plan Andinia” -un supuesto plan inventado por los nazis latinoamericanos (del que habló alguna vez Miguel Serrano) de corte antisemita que acusaba a Israel de pretender colonizar la Patagonia. Es mucho peor que dicho ingenuo y conspirativo plan. Es la forma de dominio imperial impulsado por el sionismo estadounidense e israelí para incrustar sus intereses sobre el continente y convertir a los países en simples centros de datos consumiendo sus recursos naturales para engrandecer las fortunas de Peter Thiel y los oligarcas tecnológicos.

¿Qué lugar ocupa Israel, con su lectura perversa de la misma biblia hebrea, en la asonada geopolítica estadounidense sobre América Latina? Ante todo, Israel es al sacerdote como Estados Unidos al príncipe. El primero bendice la guerra de conquista y la vuelve “justa”, el segundo la ejecuta gracias a la legitimación promovida por el primero. Entre ambos articulan la máquina “moral” del último reducto de cristianismo imperial que, desesperado y agónico, intensifica su fuerza mortal, acelera incondicionalmente el capital justamente, y al igual que Colón, busca un atajo a China.

 

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