viernes, diciembre 3, 2021

EL SUEÑO DE UN CE MAMVJ (CHE MAMÜLL) Por Erwin Quintupill

“El 11 de octubre fue el día en que el tronco tuvo su primera intervención. Semana a semana, en cada uno de mis regresos del trabajo, pude ver como iba tomando la forma definitiva. Mientras tanto nos informábamos acerca de la posición que debía adoptar y de por qué. Al mismo tiempo, surgió la idea de que para el próximo Día de los Muertos estuviera allí, para que todos lo vieran. Queríamos escuchar las reacciones. El 31 de octubre estaba listo. Fernando se consiguió una camioneta y en ella lo trasladamos. Quedó listo para una posible inauguración, al día siguiente”.

 


 

 

EL SUEÑO DE UN CE MAMVJ

 
por Erwin Quintupill
quintupillerwin@gmail.com

 
A más de alguien puede resultarle extraño. Y no estoy hablando de chilenos, sino de nosotros mismos; de personas que habitan en el mismo Saltapura que es el sitio en donde se ha instalado un CEMAMVJ, específicamente en la tumba de ANSELMO RAGUILEO LINCOPIL[1]. En lo personal era un desafío frente a la inercia de tanta cruz cristiana en nuestros cementerios. Hace mucho tiempo me rondaba la idea. Llegué a pensar que con la dinámica del Mingako Kultural[2]era posible y así lo conversé con mi hermano Olegario en el verano pasado. Sin embargo, Ruby – la hija mayor de Anselmo y por eso mi prima – me habló por el “hilo del teléfono” unos meses después solicitándome le ayudara ¡en lo mismo! No pude esconder mi alegría. Me di a la tarea, nada fácil al comienzo; aunque después fluyó como las vertientes en invierno.
 
Un poco más allá del patio de la casa yacía un trozo del viejo tronco de un ciprés que sucumbió a un fuerte temporal, a mediados de los 80. Eso ocurrió durante la noche. Fue un golpe enorme en medio de lo oscuro. A la mañana siguiente, pudimos ver su largo cuerpo extendido abarcando casi todo el majin[3]. Ahora, mi hermana tenía la idea de venderlo. Alguien – me contó – se lo había propuesto. Entonces, le pregunté por el precio y nada le dije del plan que teníamos. A los pocos días, me informó que si se trataba de un Cemamvj para el tío, pues, lo donaba.
 
 
Saltapura, octubre 2014
Fotografía: Erwin Quintupill
 
Fernando, sobrino nieto de Anselmo, me dijo en otro día “lo hacemos”. Faltaba, ahora, destruir la vieja estructura de un “mausoleo”, roído por las lluvias, el sol y los vientos. También que alguien construyera un bloque de cemento para situar allí la escultura terminada. Todo resultó – como dije – como la línea de una vertiente que se asoma entre el pasto en los días de invierno. Guillermo se encargó de la dura tarea de limpiar el sitio. Lino – otro sobrino nieto – se sumó al entusiasmo de su hermano y bajó un día hasta la casa para ofrecer algunas indicaciones y meterle mano al tronco que lentamente comenzó a tomar la forma de los olvidados[4]. Lino es aventajado escultor, algo escondido en su enorme creatividad. Él confeccionó una maqueta de unos 20 cm de altura.
 
 
 
Fernando y Lino Raguileo.
Fotografía: Erwin Quintupill
 
 
Lino Raguileo
Fotografía: Erwin Quintupill
 
 
 
 
Fernando Raguileo
Fotografía: Erwin Quintupill
 
 
Fernando Raguileo
Fotografía: Erwin Quintupill
 
 
Fernando y Lino Raguileo
Fotografía: Erwin Quintupill
 
 
 
Ce mamvj
Fotografía: Erwin Quintupill 
 
El 11 de octubre fue el día en que el tronco tuvo su primera intervención. Semana a semana, en cada uno de mis regresos del trabajo, pude ver como iba tomando la forma definitiva. Mientras tanto nos informábamos acerca de la posición que debía adoptar y de por qué. Al mismo tiempo, surgió la idea de que para el próximo Día de los Muertos estuviera allí, para que todos lo vieran. Queríamos escuchar las reacciones. El 31 de octubre estaba listo. Fernando se consiguió una camioneta y en ella lo trasladamos. Quedó listo para una posible inauguración, al día siguiente.
 
 
 
 


[1] Anselmo Raguileo (1922-1992): Lingüista mapuche nacido en Saltapura.
[2] Mingako Kultural: Actividad que el autor de esta nota realiza año a año, en Saltapura, desde el 2007.
[3] Majin (mallín): Laguna temporal.
[4] Dominga Quintupill, cuñada de Anselmo Raguileo, me contó hace muchos años que cuando ella era niña, pudo ver en el cementerio sólo esas figuras. No habían cruces, agregó. Mi hermano José – una generación después – me comentaba, en estos días, que quedaba uno solo en sus años de infancia.
“Olegario le hacía coronas y se las colocaba en el cuello”, me dijo. “Dicen que allí estaba enterrado el logko” (probablemente Kaxvbeufv (Martín Catrileo)).
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