viernes, marzo 1, 2024

“Me dijeron India”: Mujer Mapuche, cuerpo y cánones de belleza

Por Ana Millaleo H.*

A cuantas nos les ha pasado, nos han dicho indias como una marca invisible que nos pone al otro lado de lo deseable y bello, nos dijeron indias para humillarnos y denostarnos como mujeres de segunda categoría, marcaron nuestros cuerpos con esa palabra que habla de la ignorancia que la colonización porta hasta el presente.

“¿Mamá, mamá soy bonita?” pregunta mi hija en estos días cuando empieza el ingreso a las escuelas, esa inseguridad en nuestras pichikedomo nos muestra la fragilidad que ha calado nuestra autopercepción, en un mundo que nos obliga a jugar y desenvolvernos en una sociedad donde la belleza sigue estando marcada por las muñecas rubias y estilizadas que el mercado pone en nuestras manos desde nuestras infancias.

Las mujeres negras han escrito bastante respecto a cómo los estereotipos blancos construyen la negritud como fealdad, Bell Hooks en su artículo acerca del alisado de pelo, es una de ellas, y de hecho parte su escrito de la siguiente manera: «Ya yo me enteré, mulata, / mulata, ya sé que dise / que yo tengo la narise / como nudo de cobbata. / Y fíjate bien que tú / no ere tan adelantá, / poqque tu boca e bien grande, y tu pasa, colorá» (2005:70). Es más bien la caricatura la de la negritud que se expresa en este canto, la deformidad de un cuerpo del cual uno quiere huir, alejarse lo más posible de la vergüenza que este cuerpo imprime, pero desde ese punto la negritud ha levantado una fuerte resistencia a estos parámetros, ha reflexionado respecto a lo impuesto haciendo de lo cotidiano también un frente de batalla, a partir de su lucha en la década de los 60’ con la frase: “lo negro es bello”, en este sentido, no se abandonó el cuerpo como territorio de resistencia.

La escuela ha sido uno de los espacios más duros que nos ha tocado como niñas mapuche enfrentar, es ahí donde nuestras inseguridades se vuelven más fuertes, donde se nos obliga a encajar, se nos enseña a portarnos civilizadamente, es decir, obedecer a estos cánones de belleza que desplaza nuestros cuerpos a un lugar de inferioridad. “Las imágenes, ya lo sabemos nunca son inocentes, sino que tienen que ver con el Poder, con quién tiene autoridad para construirlas: quien re-presenta y quien es re-presentado” (Claramonte. 2002:105): “La mapucha”, “la cara de nana”, “la negra”, categorías que marcan nuestros trayectos vitales, se encarga la historia de imprimir el camino que desde pequeña nuestros cuerpos están destinados a seguir.

El descredito de la belleza indígena reside en la imposición de un modelo patriarcal y sobre todo racial, los rostros y cuerpos europeos se constituyen en un ideal de belleza y se contraponen frente a los rasgos indígenas que se pretenden diluir en la mezcla, es de este modo que la frase “mejorar la raza” que está vinculado a la búsqueda de parejas no mapuche para la procreación, con el objetivo invisibilizar la huella negativa que se alojaría en nuestros cuerpos, “la blancura se presenta tanto a hombres como a mujeres como un objeto de deseo, lo que debería desear en el sexo opuesto y en sus propios cuerpos” (Canessa. 2008:83), es decir, mientras más nos acercásemos a lo wingka más bellos seríamos de acuerdo con el discurso hegemónico, lo que ha dañado profundamente nuestras lógicas internas.

Y esto no tan solo se trata de estética, sino de nuestras aspiraciones más profundas, de lo que pensamos de nosotros mismos para posicionar la resistencia, es lo que trae enfermedad en nuestras formas de actuar, se trata de cómo nos convertimos en Che, en persona y valoramos la posición en la que nos encontramos en esta mapu, lo que venimos hacer aquí y ahora. Y estas reflexiones no obedecen a delirios feministas que se oponen a la dualidad como he podido leer en algunos comentarios de Facebook cuando alguna lamngen se atreve a levantar la voz y denunciar públicamente una injusticia. La dualidad a la que evocan tiene que ver con la forma en que nos percibimos, y sin duda cuando en un trawün dan la palabra a las mujeres extranjeras por sobre las voces de nuestras ñaña, queda en evidencia que esa dualidad no existe en la práctica cotidiana, porque han internalizado la valorización externa que se ha dado al cuerpo de las mujeres nativas, como el rasgo que debe permanecer en silencio y desaparecer.

El estereotipo de la mujer mapuche es el de un cuerpo de servicio que está a la orden y subordinación de la otredad, e incluso a la orden de los wentru mapuche por sobre nosotras. La historia contó otro cuento para los hombres mapuche y se han quedado en este lugar de confort, mientras a las domo mapuche se nos despojó de nuestra capacidad de deseo y erótica, alejándonos de lo que se percibe como bello, a ellos se le dedicó a hasta una estatuilla que ensalza su capacidad amatoria, el indio pícaro o ñiwache es un ejemplo de esto, aunque lo renieguen se ha convertido en un símbolo que reivindican y del cual se sienten orgullosos reclamando el título. En ambos casos somos cuerpos distintos, a los cuerpos dominantes, en donde el otro pone su mirada y les otorga valor desde esa perspectiva, en donde claramente los hombres mapuche salieron victoriosos desde la mirada del otro ya que estarían más cerca de la belleza y masculinidad que los medios de producción de cuerpos aspiran, aunque que hay que dejar en claro que son los hombres mapuche “históricos”, y no los de carne y hueso que la chilenidad les llamará flaytes y la argentinidad negros, volviéndolos al lugar desprecio en que nos construyen en la cotidianidad como un pueblo de feos.

Nos dijeron indias para detener nuestra fuerza como mujeres mapuche, imposibilitadas de auto determinarnos bellas, nos dijeron indias entre otras cosas.

Por eso no podemos abandonar nuestros cuerpos como espacio de lucha, “el cuerpo también puede ser, pues, un lugar para rebelarse contra la colonización” (Claramonte. 2002:107), no podemos dejar de hablar de raza en la mapuchidad, porque nuestros rasgos físicos también nos ubican al interior de un entramado estético de dominación, si los obviamos del debate, y hacemos aparecer solo las marcas culturales y políticas sin nuestros cuerpos, no podremos recuperar este nuestro primer territorio y contradecir a la sociedad que los sitúa en subalternidad frente a los cuerpos espigados y blancos.

Ahí aparece la rabia que tantas lamngen manifiestan respecto al disfraz de otras que no habiendo vivido el estigma de haber sido llamado indias, abrazan la lucha y obtienen protagonismo y reconocimiento social, si nos da rabia…, que tengan la palabra mientras se nos mantiene en silencio a quienes debimos enfrentar el odio hacia nuestros cuerpos. No es lo mismo discursear de lo mapuche en un escenario que vivirlo en lo cotidiano, sentir el desprecio y el peso de la mirada, habernos sentido feas, e incomodas en nuestros cuerpos, porque jamás pudimos escuchar sobre nuestras historias como mujeres originarias y sobre la nada tuvimos que armar las propias. Son distintas realidades y lo comprendo con el estómago recuerdo, rabia, pero la guerra no es entre nosotras, eso también es otra tarea de la que hay que hacernos cargo, puesto que las mañas del sistema también nos quiere direccionar a este punto.

Faltan espacios de kelludomowen de solidaridad entre mujeres, para conversar estos temas, siempre lo he dicho, así como las mujeres negras fueron desarrollando estos espacios a partir de las mismas imposiciones de docilidad en sus cabellos, cuando se reunían en las cocinas a plancharlos. En el caso de las mujeres mapuche a modo de analogía cuando estuve investigando el trabajo doméstico como lugar de opresión de la feminidad mapuche en la figura de la “nana”, muchas lamngen me indicaron que se rizaron el cabello para encajar en este nuevo contexto urbano, el pelo se transforma en un espacio de dominio en donde lo bárbaro tiene que hacerse dócil, maleable, dejando de parecer indios “malos”. La permanente fue un recurso bastante utilizado por las lamngen que llegaban a la capital a trabajar de nanas, se vieron obligadas a aprender a imitar los cuerpos de sus patronas quienes veían con malos ojos el pelo tieso y oscuro, las trenzas, pero a diferencia de la historia de las mujeres negras, no pude distinguir rituales femeninos grupales al interior de este cambio estético, el aislamiento de la “jaula embrujada” , “la vida tejiéndose de dormitorio y cocina, el riego del patio, lustrando el balcón. Absorbe la casa ajena y vacía…” (Pulquillanca. 2004:19), el aislamiento y la imposición de un modelo de familia neoliberal nos ha jugado en contra.

El deseo y la sexualidad es un tema poco o nulamente abarcado como potencial reivindicativo en la lucha mapuche, pero ha sido central en el modelo colonizador, es el velo o cinturón de castidad (Antivilo. 2004) que se nos impuso como mujeres mapuche para impedir reencontrarnos con nuestros propios cuerpos, con aquellos conocimientos que aprendíamos de nuestras abuelas, antes de que las iglesias y su moral al servicio del sistema y la empresa colonizadora las amordazara con el pecado, y escuchásemos de nuestras propias ñaña “esas cosas no se hablan en lo mapuche”.

¿Cómo sería nuestra autoestima y autoimagen, si hubiésemos sostenido en el tiempo estas tradiciones y ritos femeninos?, ¿Si celebrásemos nuestras menarquias?, ¿Si todas juntas preparásemos el katan pilun de nuestras pichikeche?. Tal como lo describe la lamngen Margarita Calfio (2013) “La educación no Mapuche produjo profundas transformaciones y un corte de transmisión del conocimiento de las mujeres; más aún, se la relegó a los confines, a no sentarse a la mesa, al silencio impuesto en base a la violencia y la discriminación” (280). Esa violencia se expresa claramente en la negación de nuestra corporalidad femenina, en la vergüenza en que se convirtió la peküyen para muchas de nosotras, niñas, que escondimos un proceso que era de orgullo al interior de nuestra cultura. La no preparación producto del silencio, los lazos rotos, dan paso a esta percepción negativa de nosotras mismas.

De algún modo esto está volviendo, el domo kimün, la mapu está siendo clara en el retorno, pero quedan vallas por saltar, en algún momento también nuestras necesidades deben estar al centro, eso va conformando el equilibrio, el real sí, no tan solo el discursivo. Reivindicando nuestro tukuluwün, nuestras joyas, nuestros trabajos femeninos en conjunto, todo esto va visibilizando la sabiduría que hemos mantenido en el tiempo como mujeres mapuche.

Y si hablamos de amor, de poyewün, el amor por nosotras mismas es el principio de todo, ya no somos víctimas de la historia y la barbarie, ahora seremos protagonistas desde un principio, estrellas en el azul que nos representa, sexualidad y potencia creadora, nuestras voces tienen que ser escuchadas como la raíz que rompe el pavimento.

Me dijeron india tantas veces, en la escuela, en la universidad, en la calle, los pro mapuche en los círculos académicos, me siguen diciendo india.

Hace poco me volvieron a decir india en un chat de apoderados de colegio (en tiempos de pandemia), y con todo lo caminado me volvió a doler el piwke, no por mí, sino por mis hijas ¿tendrán que vivir lo mismo que nosotras? – me pregunté- Y ahí me dije: No!!. Hijita tu eres bella y todo lo que he aprendido será tu legado, así ella en estos primeros días de colegio se presentó “Soy Lewfuko Pindamawün, soy mapuche” y otra niña se le acercó y le dijo “yo también soy mapuche”, “mamá ya no estoy sola, hay más como yo” tomadas de la mano hoy estamos siendo más fuertes.

Ellangeymi lamngen Zomo+s Hermosas
Por una #Educación sexual integral e intercultural / Por nosotras / Por nuestras pichikemalen

* Este articulo está en el marco del proyecto denominado: “Amor amapuchao’: Historias de amor con perspectiva de género y sus implicancias en la construcción del Wallmapu”. N.° 3190110. Programa FONDECYT Postdoctorado. La autora es Doctora en Ciencias Sociales (Universidad de Chile), Magíster en Género y Cultura con Mención en Ciencias Sociales (Universidad de Chile), Diplomada en sexualidad Escuela Transdisiplinaria de Sexualidad, Socióloga (Universidad ARCIS). Postdoctorante en la Universidad de Santiago USACH. Miembro y fundadora del grupo de música Mapuche fusión Wechekeche ñi Trawün y de la organización Mapuche que lleva el mismo nombre. Coordinadora y miembro de la colectiva Ülcha Kushe Trawün de mujeres mapuche.

Enlace YouTube:

Desafío Nativo Mujeres Mapuche de NguluMapu:
https://www.youtube.com/watch?v=aJ_GqbwZ_CQ
Isleña Antumalen Ft. Sah Yan – Ñaña Descoloniza tu belleza: https://www.youtube.com/watch?v=ARSgngCrkGI

Bibliografía:
• Antivilo, J. (2004). El cinturón de castidad como prótesis en las mentalidades de las mujeres latinoamericanas, por Julia Antivilo Peña. Cyber Humanitatis, (31). Consultado de https://cyberhumanitatis.uchile.cl/index.php/RCH/article/view/5750/5618
• Calfio, M. (2013). Peküyen. Comunidad de Historia Mapuche. Ta iñ fijke xipa rakizuameluwün: Historia, colonialismo y resistencia desde el país mapuche. Segunda Edición. 279-296. Ediciones Comunidad de Historia Mapuche
• Canessa, A. (2008). El sexo y el ciudadano: Barbies y reinas de belleza en la era de Evo Morales. Raza, etnicidad y sexualidades. Ciudadanía y multiculturalismo en América Latina, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas. Centro de Estudios Sociales (CES), Escuela de Estudios de Género, 69-105.
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